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Carlos Páez Vilaró y Casapueblo: “Pido perdón a la arquitectura por mi libertad de hornero"

Carlos Páez Vilaró y Casapueblo: “Pido perdón a la arquitectura por mi libertad de hornero"

Con sus noventa años recién cumplidos, el artista uruguayo Carlos Páez Vilaró nos había ofrecido una reflexión sobre los amaneceres en su querida Casapueblo, hogar y perpetuo homenaje al sol. El mítico refugio construido a lo largo de los años, semeja una perla engarzada en Punta Ballena regalándonos la mejor vista de Punta del Este. Hoy queremos compartir con ustedes sus palabras, rindiéndole nuestro eterno homenaje…

"Estoy solo en Casapueblo en el pleno amanecer de mi cumpleaños. Haber llegado airoso hasta aquí, es algo que merece el íntimo festejo de compartir mi desayuno con Don Pedro, el gorrión que me acompaña desde siempre todas las mañanas acercándose a mi mesa. Al igual que mis gatos, amigos silenciosos, Don Pedro se siente halagado de mi compañía y llega puntualmente en las mañanas para disfrutar de las migas de pan que yo le alcanzo.
Desconozco si este gorrión que hoy me saluda, es el mismo que llegó hasta mi terraza, allá por los ‘60, pero lo cierto es, que inaugurando en aquellos días una tradición que no decae, pasándose la posta de los años, siempre un Don Pedro vino a saludarme en el inicio de mi trabajo.
Mis años no admiten velitas porque se desbordaría la superficie de la torta, son una invitación a caminar hacia atrás y revisar el camino andado. Es por ello, que mientras Don Pedro picotea las migas, recuerdo la llovizna que empañó mi primer desayuno y la tormenta que se desató en aquel momento de plena iniciación de noviembre, despeinando mis cúpulas y desgarrando banderas. Fue la primera tormenta que se cruzó en mi camino.
Hoy a tantos años de aquel episodio, apoyado en la mesa de siempre, la que construí para mi diálogo con los pescadores, miro hacia el mar y me dejo ir en recordaciones a bordo de una barca escorada, que al igual que Don Pedro, suele cruzar también a diario frente a mis terrazas.
Cuando comencé a construir Casapueblo traté de modelar una escultura para vivir en ella e inicialmente soné con levantarla con barro de la región. Será por ello que siempre hay un pájaro haciéndome compañía. Por ello Casapueblo se mide con el vuelo de los pájaros. Sólo ellos pueden confirmar su dimensión. Tiene garganta de bambú y calma su sed en el mar. En cada orificio, hay una invitación a la sorpresa. Una de mis diversiones fue construir caminos que no llegaban a nada, introducirse en los corredores es realizar un viaje al interior del oído, por las chimeneas respiran mis recuerdos.
Medio siglo los viví construyendo, imitando la labor del hornero. Cúpulas rozando el cielo, escaleras que bajaron hacia el mar, túneles, pasadizos, terrazas y troneras, nacieron entre mis manos desde mi fiebre de hacer. A medida que mis muros crecieron, en ellos horadé huecos para el hospedaje de los pájaros. Desde que coloqué el primer ladrillo puse especial atención en respetar la vida de las golondrinas. En muchos de los muros hice nidos de cemento para su descanso. Jamás olvido que cada verano, vuelan miles de kilómetros desde Capistrano en California para venir a visitarme.
Al construir cada espacio, no descuidé el confort de los objetos, en todas las paredes hay un hueco emplazado para ellos. Intenté enriquecer cada pasaje con el arte cosechado en mis travesías, almacenado en los baúles. Los muebles nacieron como una prolongación de mi arqui-textura. Mi mesa de metal es un regalo del presidente Abdel Gamal Nasser. Rodeada de jinetes de bronce, recuerda mis días vividos en El Cairo. Mi mesa de madera en cambio fue un hallazgo de mi hijo Carlos Miguel. Resto de un vetusto carretel de cables, hoy se adorna con el brillo de la broncería.
La biblioteca se extiende por toda la casa. La bauticé en honor a Angelie de la Ferranderie, la inolvidable maestra fernandina.
Casapueblo, de tan humana, pasó por momentos tristes y de felicidad. Mis estados de ánimo se inyectaron en la construcción y se presienten, cuando uno pasa por callejones oscuros o cruza terrazas libres y luminosas. En el cruce de los años, me enorgullece verla transformada en un permanente centro de diálogo, donde los artistas y la gente de todos los países se encuentran alrededor de los temas del espíritu o para analizar y discutir sus problemas esenciales.
Hoy Casapueblo también cumplió su mayoría de edad y desde la casilla de lata inicial de mis primeros sueños, muchos cambios se produjeron durante su crecimiento. Lo único que se mantiene inalterable, es mi diálogo con Don Pedro, el pájaro amigo decorador de mis mañanas"

 



Texto: Carlos Páez Vilaró