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Pablo Neruda: Los refugios del poeta

Pablo Neruda: Los refugios del poeta

Para Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, tal el nombre completo de nuestro poeta, sus viviendas eran mucho más que un techo para descansar y cobijarse.

El escritor que alcanzó la fama mundial con su merecido Premio Nobel de Literatura y bajo el pseudónimo de Pablo Neruda, consideraba a cada una de estas construcciones como su lugar en el mundo: refugios que moldeaba de acuerdo a sus intereses y emociones, y en los cuales no solo se reunía con sus afectos, sino que también hallaba la inspiración para su labor poética.

Algo más que propiedades, eran refugios para el alma

Haber transitado por las tres casas del poeta, fue una experiencia enriquecedora para los amantes del arte, quizás, porque como dijimos, esas casas eran algo más que propiedades sino que se fueron erigiendo como verdaderos refugios para su alma, la que supo trascender en cánticos, poemas y prosas de invalorable valor artístico. Así paso a paso, Pablo se fue nutriendo de objetos que fueron simbolizando su necesidad de expresión, de tal forma que hoy, cada una de ellas se transformó en Museo, donde proliferan, por ejemplo, en “La Sebastiana”, un sinfín de mapas antiguos, de marinas y otras pinturas, reliquias de puertos, un llamativo caballito de carrusel tallado en madera, colecciones de cajitas de músicas, copas multicolores mexicanas y cerámicas muy llamativas.
En “Isla Negra” mirando hacia el mar, la casa configura un simbolismo eterno del inmenso amor que el poeta sentía por las olas y los oleajes que lo cautivaban. Por ello, la notable energía de los objetos que fue seleccionando allí, se refieren al mar: caracolas marinas, mascarones de proa, réplicas de veleros, dientes de cachalotes, barcos dentro de botellas, máscaras tribales, zapatos de todas las épocas, además, una singular colección de pipas de manufacturas increíbles provenientes de varios países. La colección de caracoles de formas y colores profusos e inimaginables, fue mi preferida.
En la tercera casa, “La Chascona”, se destaca una inmensa pinacoteca de valiosos pintores chilenos y extranjeros, también los ambientes como el comedor con sus muebles originarios, una nutrida colección de tallas africanas en madera y otra de muebles de uso cotidiano y también objetos del diseñador italiano Piero Fornasetti, que nos transportan hacia un clima nostálgico.
También todas las colecciones de cuchillos y su vajilla original, como así también el bar que usaba el poeta para la charla con amigos, todo expuesto en perfecto estado, logran emocionarnos transportándonos a ese tiempo de disfrute cotidiano. Para los que somos sinceros amantes del escritor, un audio guía nos transportó paso a paso hacia aquélla época, haciéndonos sentir que en ese mismo instante, compartíamos junto a él, su vida plena en constante compromiso con sus ideales.

Un amor clandestino a salvo de las miradas: “La Chascona”

Neruda conoció a Matilde Urrutia en 1946: aquel primer encuentro tuvo lugar en el Parque Forestal de Santiago. Tres años más tarde, el poeta y la cantante volvieron a verse, esta vez en México. Poco a poco, se fue forjando una relación pasional, que motivó a Neruda a dedicar varios poemas a Matilde. Era, al menos por entonces, un amor secreto, ya que el poeta estaba casado con Delia del Carril.
Dispuesto a darle un techo a Matilde y con el objetivo de afianzar el vínculo al margen de observadores indiscretos, el escritor tomó la decisión de construir una casa en Santiago. En 1953, la pareja caminaba por el barrio de Bellavista cuando se topó con un terreno en venta, ubicado junto al cerro San Cristóbal. Ambos coincidieron en que se trataba de un enclave perfecto para su refugio y así Neruda concretó la operación y dio inicio a las obras.
Rodríguez Arias, el mismo arquitecto de Isla Negra, fue el encargado de los trabajos, que contaron con una intervención activa de Neruda. Rodríguez Arias pensó en una casa con vista a la ciudad, pero el poeta dispuso lo contrario y la morada se orientó hacia la cordillera. El profesional también advirtió a Neruda sobre las complicaciones que generaba la pendiente del terreno, sin ser oído.
A la vivienda la bautizó La Chascona, un apodo vinculado a la copiosa cabellera colorada de la mujer que mientras el autor permaneció casado con Del Carril, ocupó la casa en soledad. En un primer momento, La Chascona contaba con el living, un dormitorio y un jardín que Urrutia se encargó de desarrollar. Luego se agregó el comedor, la cocina, el bar y la biblioteca. Además de Rodríguez Arias, también trabajó en las obras el arquitecto Carlos Martner.
Ya separado de Delia, Neruda se instaló en La Chascona en febrero de 1955. Al fallecer en 1973, su velatorio tuvo lugar en esta propiedad, que había sido víctima del ataque de vándalos tras el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Matilde Urrutia se encargó luego de las reparaciones de rigor y siguió viviendo en La Chascona hasta su fallecimiento, que se produjo en 1985.
 

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Texto: Kamala Bonifazi y Darío Marinoni

Fotos: Gentileza Fundación Pablo Neruda y archivo editorial