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El espíritu de los glaciares: Un viaje de aventura

El espíritu de los glaciares: Un viaje de aventura

La inmensidad patagónica nos cautivó una vez más con su belleza incomparable cuando, en el marco de nuestra visita a El Calafate, tuvimos el privilegio de navegar entre los majestuosos glaciares del lago Argentino. A bordo del crucero Santa Cruz, recorrimos rincones maravillosos del sur de nuestro país durante tres jornadas inolvidables.

Pocas zonas, a nivel mundial, ostentan los atractivos del Parque Nacional Los Glaciares. En este sitio declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco, se suceden los lagos, los bosques, las montañas, las estepas y, por supuesto, las gigantescas masas de hielo, conformando paisajes que conmueven. Son cientos los glaciares que forman parte de este espacio protegido que se encuentra en el sudoeste de la provincia de Santa Cruz. Para admirarlos y aprender sobre ellos, nada mejor que embarcarse en un crucero de lujo y vivir una aventura fascinante en las gélidas aguas patagónicas.
“El espíritu de los glaciares” es una fantástica excursión ofrecida por Marpatag, una compañía de amplia experiencia en paseos lacustres. En nuestra reciente visita a El Calafate, nuestra editorial tuvo el placer de navegar durante tres días y dos noches por el lago Argentino, gozando de un servicio Premium con todas las comodidades necesarias para una estancia inolvidable.

Rumbo a Bahía de las Vacas

La travesía se puso en marcha cuando el amable staff de la empresa nos pasó a buscar por el hotel para dar comienzo al itinerario. Recorrimos por vía terrestre unos 50 kilómetros hasta llegar al puerto privado “La Soledad”, donde nos esperaba el impactante crucero Santa Cruz. En el viaje contemplamos la típica estepa patagónica y observamos los primeros árboles que marcan la transición entre dicho bioma y el bosque.
Apenas nos embarcamos, la invitación de una copa de bienvenida en el bar Calafate, ubicado en la tercera cubierta del catamarán, anticipó el nivel de atención que habría en el viaje. El saludo de Carlos Turri, experimentado capitán de la embarcación, la presentación de su tripulación y un breve video sobre seguridad a bordo, marcó el comienzo de la aventura.
El reloj marcaba las cinco y media de la tarde cuando el Santa Cruz, zarpó rumbo a Bahía de las Vacas. Pablo Ariel Quinteros, nuestro atento e informado guía en esta excursión, nos explicó: “Navegamos a lo largo del brazo norte del lago Argentino, el más grande de nuestro país con algo más de 1.400 kilómetros cuadrados de superficie. Este lago está en contacto con varios glaciares que van erosionando la roca por la que se deslizan y liberan partículas microscópicas que quedan en suspensión en el agua. Así, la luz del sol se refracta en esas partículas dándole un color turquesa al agua”.
Mientras navegábamos conocimos, a través de una interesante charla sobre glaciología patagónica, diversas particularidades del paisaje, su formación y principalmente saber por qué todavía hay tantos glaciares en la zona, más de ochocientos en el Parque Nacional Los Glaciares según el nuevo inventario realizado por el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA)), que incluyó la exhibición de esquemas y de fotografías satelitales en una pantalla que recrearon la formación de las montañas de la Cordillera de los Andes, como inciden junto con el clima en el mantenimiento de los glaciares y que sucede con los mismos en la actualidad.
A unas dos horas de nuestra partida, arribamos al primer destino y, tras desembarcar, caminamos unos quinientos metros por un sendero hasta el Puesto de las Vacas, donde vivió, hasta 1996, don Harry Hilden, el gaucho finlandés que se encargó de encerrar a las vacas asilvestradas para sacarlas del parque nacional.
“Una vez le pregunté cuál era su principal preocupación mientras vivía ahí, imaginando que podría ser algo relacionado con el clima extremo o con la presencia de animales salvajes. Me respondió que su única preocupación era no quedarse sin cigarrillos. Lejos de cualquier lugar de aprovisionamiento, dependía solamente de su socio, que lo visitaba no muy frecuentemente”, nos contó Pablo.
Esta caminata de baja dificultad, fue un primer contacto con la naturaleza y la historia del lugar hábilmente manejada por nuestro guía, que nos transmitió la importancia del respeto al medioambiente.
La primera jornada de la expedición comenzó a cerrarse con una rica cena en el Salón Turquesa del crucero. Allí degustamos las exquisiteces preparadas por el chef Horacio González en base a productos clásicos de la Patagonia, como liebre, cordero, salmón y trucha, para terminar la noche compartiendo charlas y anécdotas en el acogedor bar Calafate o disfrutando desde la terraza del cielo increíble de nuestro sur.
 



Texto: Redacción Sólo Líderes